A la usanza de justiciero

¿Qué hacer con un clavel que se deshoja? ¿Qué hacer cuando la muerte te acecha, te persigue,  y por más que lo intentas no la logras despistar? ¿Qué hacer cuando la vida te queda corta para tanto por hacer, si los años no te alcanzan, si sientes que puedes dar más y el cuerpo no te lo permite? ¿Qué hacer con el espíritu inmortal de tu memoria, con tus voz eternizada, y tus palabras simples de hombre grande, pero hombre?

Ha pasado más de una semana y aún siento que es otra de tus bromas, y que vas a aparecer con tu sonrisa amplia y vas a decir: ¡Pensaron que me había muerto, pero no, resucité!

La certeza de que no jugarías nunca con el dolor ajeno me ubica frente al presente. Escuchaba   a Maduro, y mi hermano, niño aún,  que mira con cara de quien no entiende bien las cosas me dice: ese hombre me conmueve, este hombre está hablando igual que él,  parece que se le montó el espíritu de Chávez. -¡Se le montó, sí, se le montó, a todos se nos montó el espíritu de Chávez!-

Nacer, vivir, y morir: una ley inquebrantable. La huella es la puerta a la inmortalidad. Tú bebiste del cáliz, Hugo. La vida no fue desperdiciada, la herencia que dejaste te volvió inmortal. El sacrificio no fue en vano: despertaste mentes, te multiplicaste. Hicieron falta los años y la fe.

A la usanza de justiciero uniste todas la causas: la del hambre, la pobreza, la de los enfermos y desvalidos, la de la libertad, la de los sueños mismos encarnados en obras, la de una América latiendo como una sola mujer que ha engredado muchos hijos.

No voy a despedirme. No  hay tiempo para despedidas. Las despedidas no existen cuando uno te tiene ahí, a la vuelta de la mano en un libro tuyo, o en la poesía aquella que recitabas, en tu hablar diáfano para los pueblos, en esas fotos de mirada introspectiva que refleja la profundidad de un cambio radical hacia el porvenir y un sol que no merece las penurias.

Ascendiste al podio sin ilusionismos falsos, ni mentiras agrestes, con la decencia innata de quien nace para servir y no para ser servido, con el sacrificio rasguñándote la piel, los enemigos rozando las narices y la vida  de equilibrista en  hilos, ante la amenaza hostil.

El precio fue el abrazo de los pobres, la sonrisa del desposeído de luz, del  incapaz de descifrar el básico lenguaje escrito de la lengua natal, la mirada del antes ciego, la cultura en los niños de la montaña, el canto libre de un gallo, la esperanza sin antifaz.

Profeta no, el  mismísimo Cristo, que nació y volvió a morir por los hombres, esta vez por el pecado de un mundo mal repartido donde unos se vanaglorian por lo acumulado y otros lloran por carecer. Multiplicó los panes y los peces, predicó el mensaje del bien, sanó, enseñó rodeado de discípulos, condujo a un pueblo a la tierra prometida,  evangelizó.

Dios lo trajo al mundo y Dios se lo llevó. Y lo puso allí, a donde pocos eligen volver, al mismo lugar de siempre,  en todas las Sabanetas, en las casas con Palmas, los pisos de tierra, las paredes de barro, entre la paja y la goma del colchón que sostiene el peso del descanso reposado y limpio de conciencia, en los frondosos frutales, rodeado del amor de las abuelas, los padres, los hermanos, de todo un pueblito campesino a la orilla de un río, porque  “hay hombres ardientes en quienes, con todos los tomentos del horno, se purifica la especie humana. ¡Hay hombres dispuestos a guiar sin interés, para padecer por los demás, para consumirse iluminando!”

Yuliat Danay Acosta Cuba

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