Del mítico Macondo a la Caracas de Chávez

La muerte del Comandante Hugo Chávez ha aflorado en todos infinidad de sentimientos. Particularmente temí, desde el comienzo, enfrentar el Cuartel de la Montaña, y ese día, cuando pensé que se aguzaría la tristeza, recordé una lectura hecha en distintos momentos y que sintetizaba estas vivencias en un soplo único de fortaleza.

Corrían los días de fines de adolescencia y devoraba yo las últimas páginas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. En esa época, sólo de amaneceres entendía mi corazón y por eso recuerdo particularmente el desierto que me dejó la desaparición de Macondo y de aquellos seres que habían poblado, generación tras generación, sus espacios. El cierre ficcional era impecable pero resultaba difícil aceptar la ruina de aquel hermoso lugar, tal como ahora me costaba aceptar la partida física del Comandante.

Años después, en una segunda lectura de Cien años…, hice énfasis en el aspecto histórico. Macondo era más que una fábula y descubrí en aquel momento que la cruenta matanza de las bananeras era secreto tanto para los contemporáneos de José Arcadio Segundo como para muchos que, a esas alturas del siglo XX, desconocíamos el crimen operado por el ejército colombiano el 6 de diciembre de 1928, con saldo aproximado de 300 víctimas mortales, en función de acallar las protestas de los trabajadores contra la compañía estadounidense United Fruit Company. Tampoco eran coba las 32 guerras civiles de Aureliano Buendía, todas perdidas, y la muerte de sus 17 hijos, pues esa imagen era y sigue siendo el espejo de la belicosidad que desangra a Colombia desde la desaparición de Jorge Eliécer Gaitán.

Vuelta de página en el tiempo. Ríos de gente en el funeral del Comandante Chávez transitan del simple dolor a la evocación de las batallas libradas bajo su conducción durante catorce años. También aquí ha operado, sin darnos cuenta, una segunda lectura de los acontecimientos.
Y retornando entre la multitud al microuniverso de Cien años…, pienso finalmente en un crítico literario cuyo nombre ni siquiera recuerdo, que comentó que siendo García Márquez un novelista de izquierda creyente, al menos en teoría, en un mundo más justo, había escrito una obra magistral dedicada al fracaso. Aunque hace diez años me desconcertó tal afirmación, ciertamente, el nombre de la novela hacía énfasis en eso, en la desolación del trayecto de los Buendía y su legado. Y no sólo la obra de García Márquez sino también la de escritores como Asturias, Scorza, Roa Bastos, Rulfo, Carpentier, entre otros, referían a esa ficción enraizada en el dolor, pues desde la conquista y la colonización hasta Allende, el cúmulo de dictaduras del Sur, la defenestración de Jean-Bertrand Aristide en Haití o de Manuel Zelaya en Honduras, para nombrar unos pocos hechos, en América Latina hasta la aparición de nuestro Comandante Chávez y exceptuando al coloso pueblo de Cuba, la historia vívida, real, repetía el cuento del imperialismo haciendo caída y mesa limpia sobre los recursos y las ansias de libertad de nuestras gentes pueblo tras pueblo, siglo tras siglo.

Y entendí de repente por qué este funeral no era soledad ni circo, como quieren hacer ver algunos, sino canto, poesía y encuentro de hermanos. Chávez no murió en el extranjero, como Bolívar y Sucre, ni atado a un árbol como José Arcadio Buendía, fundador de Macondo. Al contrario, retomó pacífica y triunfalmente las rebeliones de Aureliano y habló a las multitudes, como no pudieron hacerlo Melquíades, José Arcadio Segundo o Aureliano Babilonia, cronistas macondianos hundidos en memorias que, parecía, ya nadie habría de recoger.

Chávez permitió el redescubrimiento del mapa local y global: venezolanos con petróleo y no con bitumen, en franco proceso de ruptura con el papel monoproductor y consumidor asignado desde los centros imperialistas; latinoamericanos, hijos de Bolívar, San Martín, Martí, el Che, Fidel, Allende, con el derecho y el deber de tener una Patria Grande; rebeldes con causa en un mundo donde urge la pluripolaridad en virtud de la necesidad del respeto a la soberanía y el derecho a ser y vivir en paz. Gracias, Comandante, por poner término no a cien, sino a casi 600 años de soledad! Tenemos Patria, aquí, allá y donde viva todo pueblo que luche por su libertad.

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