Mi sangre diluida

A: Hugo R. Chávez Frías

Por las venas de América Latina corre la sangre de sus ríos. Las selvas alimentan el corazón de nuestras tierras, y hacen llorar agua al cielo sobre nuestras plantas;  y desde las montañas emana la valentía que inspiró e inspira a nuestros mejores hombres a la batalla para vivir como latinoamericanos. Nuestro enemigo es uno solo, y por ello la América es una, y debe serlo desde nuestra diversidad. El Aymara es mi hermano; y lo respeto; el blanco Argentino, y el pampero son mis hermanos, y les quiero ver prósperos, testarudos; y compartir el mate que me brindan; los hombres y mujeres de nuestras tierras son mis hermanos. Quiero al brasileño, y le doy mi comida; como quiero al cubano isleño, y a todo el istmo; y quiero a los de la costa; y a los indios del caballo que llegan desde el norte; y al ranchero mexicano; quiero al musulmán irrespetado; y a mis padres africanos; a todos los quiero; y doy mi grito, mi coraje. Entrego la vida, y mi canción para que alcen sus voces, y crean en sus riquezas; en el equilibrio de sus tierras, y en la verdad que nos quema por dentro; para que sea la paz.

Nos ultrajan gracias al modelo de ricos que regalan a los cortos de vista. Siempre supe que los ricos vendrían por mi, y por mis hermanos; quieren mi lengua, mi brazo; quieren mi espada, y mi coraje; lo quieren todo, para que haya el silencio necesario, la oscuridad necesaria para que los lagartos corrompan las riquezas y sus dentaduras postizas no se quiebren con la madera del hombre latinoamericano.

Siempre supe que tarde o temprano debía morir. Mejor hacerlo temprano en medio de la batalla; y dejar encendido el camino para que se vea desde el río Bravo hasta la Patagonia; —pensaba yo; pero nunca pensé que siendo soldado conocería el momento de mi muerte. Sin embargo morir es morir; y lo hago con la satisfacción de haber protegido al Caribe de las manos del imperio; y de haber luchado por la unidad dentro de las diferencias de todos mis hermanos americanos, africanos, musulmanes, cristianos; de todos los humanos pobres, o ricos que no tienen otra premisa que la vergüenza. Me marcho a otra vida más silenciosa para mí, con la alegría de la palabra escrita y leída en boca de los pobres, y con la vista devuelta a quién no tiene recursos; me marcho con la satisfacción de ver un pueblo que por primera vez se siente humano; me voy y veo al pueblo del sur.

Al ofrecer todo mi tiempo, ofrecí mi vida; al pueblo del sur. Mi sangre,  —ahora lo sé—, corre por las venas del sur; como corrió sobre mí el pensamiento unificador de Bolívar, la visión de Martí sobre los peligros que acechaban nuestras tierras; la valentía de San Martín; la espada presta de todos nuestros padres fundadores; y también la voluntad sagrada de nuestros primeros hombres aborígenes.

He muerto, pero tomo la forma de pájaro para sobrevolar todas las islas pobres, y para admirar el continente; los mares que nos bañan; ahora parto y me alzo. ¡Ay de quiénes pretendan engañar a nuestros pueblos! Sobre ellos caerán las nieves de los Andes, y mi vuelo acusador y tenaz; sobre ellos caerá el sur que siente, al fin; las fuerzas de mi sangre diluida sobre las tierras y almas, que amo.

A Dios, doy las gracias por el vuelo; y por la visión de una América unida en su esencia humana.

 8 de Marzo de 2013

Adolfo Luis Cuba

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