Un huracán interminable

un huracan interminableUn huracán acaba de pasar por el mundo. Algunos hablan que sólo duró 14 segundos porque cuentan el tiempo desde 1999. Otros cuentan los segundos desde 1992, y entonces son 21, una guará, siete más. Todavía otros y los miembros de su familia saben que en realidad fue casi un minuto completo. Como quiera que lo midan, el huracán sacudió ese espacio entre la piel y el alma de todas y todos los que creemos en un mundo mejor; de todas y todos los que seguimos soñando, seguimos cantando, seguimos con la esperanza a flor de piel.

Muchos lo criticaron, lo vilipendiaron, lo insultaron, todavía incluso después que el huracán ha pasado siguen insultando a su familia. ¿Cómo puede la gente ser tan ciega y enferma? ¿Sucios?

Pero… ¿adónde va el viento? ¿Dónde se esconde un huracán? ¿En qué se transforma? ¿En cuántos fragmentos se esparce? Se expande infinitamente para brindarnos a todas y todos en el abrazo fraterno de siempre.

Ese huracán se hace viento, tempestad, tormenta, llanto… y entonces, cuando menos lo esperamos se hace huracán de nuevo. Huracán Cristo, huracán Bolívar, huracán Chávez. Y entonces los minutos del huracán se hacen contemporáneos con la limitada eternidad del ser humano.

El huracán del que hablo moldea desiertos, mece palmeras, ondea mares, pero también se enfrenta al imperio, a la injusticia, a la soberbia, a las dictaduras—disfrazadas o no, de democracia.

El huracán sonríe, canta, baila, acaricia, sacude, salta, grita, vive y se hace vivo en la sangre de los caídos, en la alegría de los niños y las niñas, en la sonrisa del pueblo.

Ese huracán, que regaña al ineficiente, al burócrata al que a veces engañan unos coleaos en el gobierno; que enfrenta al poderoso, al imperialismo, al oligarca; se convierte de pronto en brisa suave que acaricia el cabello de Rosa Virginia, besa la mejilla de María Gabriela, le da una palmada a Huguito, le cuenta historias a Rosinés, y se pone a jugar pelotita de goma con cualquier grupo de carajitos que se encuentre en el camino.

No nos extrañemos pues que de vez en cuando nos lance un rabo de cochinos, que nos recite coplas ancestrales, que nos siga dando claves para entender el momento histórico que estamos construyendo.

Hay entonces que dejarse arrastrar por los vientos del futuro, mojarnos el rostro en la brisa mañanera, avanzar firmes en la dirección de los ojos amorosos que nos guían hacia la senda del mañana.

¿Fueron 14 segundos ó fueron siglos?, ¡Qué importa! Digamos que fue un tiempo indescifrable en que el huracán Chávez nos sembró la esperanza. Una cosa sí es segura, más allá de los tiempos, más allá de las lágrimas, más allá de las miserias de los que lo ofenden, hoy más que nunca, todas y todos somos Chávez. 

Dozthor Zurlent Mérida

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