Con el corazón a media asta

“Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas.
Por eso es que este hachazo nos duele y nos sacude”.
Jaime Sabines

Soñaba con reposar su vejez allá en los llanos venezolanos, junto a las majestuosas aguas del río Arauca, releyendo en un chinchorro a Rómulo Gallegos, escribiendo sus memorias y contando a sus nietos la historia de la patria. Pero ese fin apacible, y también merecido, no fue posible. Chávez, el soldado, el Comandante, el líder, el Cristo de los pobres, el amuleto de los humildes, el motor de la izquierda latinoamericana… se nos marchó a destiempo, solo que no se fue a descansar: se eternizó en la historia y en el corazón de millones de mujeres y hombres de todo el mundo.

Al dolor que nos trajo la noticia, le sobrevivieron las apoteósicas imágenes de una Caracas conmovida, desbordada, unida y sobrecogida en el último adiós al Presidente Chávez. Era la misma marea roja que siempre lo acompañó en 14 años de continuas batallas, de las que siempre emergieron victoriosos. Una inmensa fuerza telúrica, con un alto sentido de patriotismo, nos probó que en el pueblo bolivariano han germinado las semillas sembradas por Chávez: el amor solo se paga con amor, la lealtad solo se paga con lealtad.

Todas esas imágenes se mezclan hoy, inevitablemente, con los recuerdos, la historia reciente y las huellas dejadas por Chávez en todas partes y en tantas gentes… Quienes tuvimos el privilegio y la suerte de haber estado alguna vez cerca de este Libertador contemporáneo, andamos con el corazón a media asta, pero nos reconforta saber que, a diferencia de lo que ocurrió a Simón Bolívar, no será traicionado por los suyos y su legado no podrá ser ocultado en los lúgubres baúles de la historia. El héroe nos ha dejado al prócer.

Por TeleSur —otro de los incontables legados que nos deja Chávez—, vamos siguiendo minuto a minuto este instante doloroso de la historia. Diego, nuestro pequeño hijo, interrumpe el silencio y susurra en voz baja: “Papá, que malo que se murió Chávez”. Él, no entiende que hace su padre con este hombre tan grande en una foto que ocupa un sitio especial en nuestro hogar, y le prometo que un día, muy pronto, le contaré su historia, que ya es parte de la historia de los venezolanos, de los cubanos, de los latinoamericanos y del mundo.

El cinco de marzo de 2013, el Comandante Chávez recomenzó a vivir en el corazón del continente. Se sembró como la plata en la raíz de los Andes. Y todos los que le creímos, lo seguimos y le agradecemos el haber resucitado a Bolívar, darle una Patria a su pueblo, cambiar el mapa político de un continente y refundar la unidad latinoamericana, estamos obligados a perpetuar su memoria y continuar realizando sus sueños. Contarles a nuestros hijos cómo era ese hombre, de su coraje, su humildad, su inteligencia, su humor llanero, su melodía sabanera, su fe cristiana, su sentido del honor y de la amistad.

Todos, sin excepción, tenemos un Chávez que contar, que idealizar, que venerar y al que rendir un homenaje. El nuestro, con el que vamos a quedarnos para siempre en la memoria, es aquel Comandante al que pedimos un día que nos hablara del Che Guevara, y vestido de verde olivo, en botas de campaña, nos llevó hasta la misma montaña donde se estrenó como soldado, para contarnos cómo el Che despertó su instinto guerrillero. Aquella hermosa mañana de 2007, en la Marqueseña, muy cerca de su Sabaneta natal, habló por horas de sus amores con Cuba, del valor de los médicos cubanos y de Fidel.

Ya casi en la despedida, con la cercanía y la confianza que se respiraba a su paso, le pregunté: “¿Usted se ha sentido un guerrillero de Fidel?“. Y sin pensarlo dos veces, con los ojos iluminados, respondió: “Sí, yo soy de la guerrilla de Fidel. Yo soy de la Sierra Maestra. Y yo soy de la Quebrada del Yuro“.

Félix López Cuba

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