¡Hasta Siempre, Señor Presidente!

Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento… Padre, le dije, eres o no eres o… ¿quién eres?

Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo:

“Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”.

Pablo Neruda

No es un adiós, es un ¡hasta siempre!…

Eres libre de nuevo, Presidente: por fin se cumplió tu sueño. Qué difícil ha sido lograrlo, ¿verdad? Estás sembrado en los corazones de millones de seres en el Planeta, ahora y para siempre. Al pasar a tu lado, en capilla ardiente, unos lloran y otros se santiguan, porque eres espíritu y llamarada de luz glorificada por los dioses del universo.

Padre libertador, tu pueblo te habla de mil maneras: inventa múltiples formas para expresarte su dolor y – a la vez – su alegría. Por eso, parodiando la sabiduría popular oculta tras el anonimato, digo con ellos: ¡Cháaveeez!, dicen que estás muerto… Quienes insisten en que has muerto no entienden que vives en el palpitar de nuestros corazones. Ahora te has liberado, Comandante: eres libre de nuevo y para siempre. Vuela como la paraulata y la garza llanera…

¡Corre, bravío!, ¡corre, arañero!, corre por las polvorientas calles de tu Sabaneta querida… ¡Atrapa la pelota, Tribilín!… Cerca de aquella mata de mango hay un chinchorro: anda, catire, y descansa. Es la hora. Mira justo a tu lado: es la abuela Rosa Inés que te ha estado esperando desde su partida. Y mira a tu otro lado: es Maisanta, tu bisabuelo Pérez Delgado, ¡carajo!… Frente a ti están Bolívar y el Maestro Jesús, quienes sonríen y abren sus brazos para recibirte. Eres, ahora, Maestro Ascendido, al lado de los grandes, quienes te reciben, orgullosos, en el ámbito de la eternidad: ¡Ve con ellos, Comandante!

Tú no estás muerto, Chávez, estás más vivo que nunca, pues te hiciste pueblo hace mucho tiempo: ¡Te has vuelto inmortal!… Qué dicha tan grande el haberte conocido y el haber podido aprender de ti. ¡Te amaremos por siempre, Chávez! Ve a esos mundos imaginarios e insondables, a continuar el infinito camino de la liberación… Llevarás, eternamente, prendido en tu pecho, el escapulario que heredaste en mil batallas. Cumpliste tu misión, y ahora debes continuar ayudando desde tu retiro etérico… Más que nunca, lo sabemos, nos ayudarás a hacer realidad nuestros sueños de libertad.

En tu despedida hacia otros paisajes, se oyen, en el fondo, las canciones de Alí Primera, y tantas otras que nos enseñaste a recordar. ¿Escuchas, Comandante?… Es el Himno Nacional entonado por niños y niñas, ancianos y ancianas, jóvenes, civiles y militares que se han hecho uno, cual expresión del ejército del pueblo soberano. Un solo sentimiento de amor patrio, sin separaciones: un solo pueblo que te adora. Cada vez que oigamos el Gloria al Bravo Pueblo, te recordaremos con respeto y admiración. Tú nos ayudaste – también a la oposición – a recordar y hacer nuestros los símbolos de la patria buena. Nos hiciste entender que en la unión está la fuerza.

Tú has hecho renacer en nuestros corazones la palabra que todo lo ilumina: Dios. Ahora sabemos que lo verdaderamente espiritual no es el “opio del pueblo”, sino la religión enajenada; que quienes adormecen a su grey son los empresarios de la fe y la maldad vestida de santidad. Hoy, Carlos Marx y Cristo redentor, el Socialismo y Dios andan tomados de la mano, porque tú nos enseñaste que no son contradictorios y que pueden convivir en comunión ¡Gracias!

Ve, Comandante, cumple con tu sueño, ¡hermano del alma!

Dios, generoso como ha sido contigo, te ha liberado para que puedas realizar tu sueño… Ahora podrás caminar por las calles de Apure, contemplar Elorza y cruzar el río Arauca, correr alegre por toda Venezuela, recitar y cantar tus coplas, tocar arpa, cuatro y maracas, fundiéndote en un solo sentimiento con el folclor venezolano.

Eres libre, mi Comandante, para pararte en las esquinas de nuestros pueblos, y silbar esa canción que, venida de otras tierras, tanto te emocionaba: ¡Venezuela!

¿La recuerda, Presidente? Ahora, se la dedicamos:

“Llevo tu luz y tu aroma en mi piel
y el cuatro en mi corazón
llevo en mi sangre la espuma del mar
y tu Horizonte en mis ojos”…

“Y si un día tengo que naufragar
y el tifón rompe mis velas
enterrad mi cuerpo cerca del mar
en Venezuela…”

Y así será, señor Presidente. Usted se ha ganado el que le rindamos tributo permanente y el que podamos enterrarlo, simbólicamente y para siempre, en el corazón del pueblo, allá en los anchurosos espacios del Cuartel de la Montaña, en el Museo de la Revolución, al pie del Wuaraira Repano, cerca del mar, en su querida Venezuela.

Discúlpeme, señor Presidente, si le fallé en las tareas que me encomendó, si fui imprudente y dije cosas que no debía. Disculpe, usted, mi falta de humildad, tal vez, mi soberbia y mi incontinencia emocional. Discúlpeme, señor Presidente, si dije en público lo que debí hacer en privado. Discúlpeme usted si lo irrespeté involuntariamente. Sabe usted, ahora que comprender mejor la verdad de las cosas, que lo hice desde el amor: usted sabe que lo amé y lo seguiré amando, porque usted y yo somos uno en esencia, pues vinimos e iremos de nuevo hasta encontrarnos con la Chispa Divina que nos dio vida. Reciba, usted, mi agradecimiento, por las oportunidades que me brindó en estos años. Muchas gracias.

Mientras millones, en el mundo, oraban y pedían a las Fuerzas del Universo para que se quedara y nos siguiera acompañando… usted lo sabe, se lo dije tantas veces: sea libre, Presidente, porque en su libertad está sellada, en filigranas de oro, nuestra propia libertad.

Por ello hoy, día de su despedida como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, quiero decirle, públicamente, no sólo estas palabras, embadurnadas – en su recorrido – del agua salada del océano de los sentimientos de amor que nos unen a usted, sino, lo que es más importante, contribuiré, desde nuestra modesta trinchera de lucha, a cumplir y hacer cumplir dos de sus más caros compromisos: garantizar que Nicolás Maduro sea presidente y, más temprano que tarde, que los pueblos de Venezuela, de América Latina y del mundo, sean su propio gobernante.

Usted tenía razón: Dios sabe lo que hace. Por eso, desde lo más profundo de mi corazón… de la manera más firme y clara le reitero a usted, hoy que es el día de su despedida, mi infinita lealtad a sus principios e ideales, por lo cuales muchos seres de Luz, como usted, Bolívar y Jesús, ofrendaron su vida.

Sigue usted contando conmigo, señor Presidente: no es un adiós sino un ¡hasta siempre!

Si usted y yo volviéramos a nacer en este Planeta Tierra o en algún lugar lejano, yo le pediría a Dios que volviera a hacer que nos rencontráramos y, estoy seguro, que si Él fuera generoso conmigo, como lo ha sido con usted, haría mía sus peticiones:

“Si uno pudiera volver a nacer y pedir
dónde, yo le diría a Dios: envíame al mismo lugar, a la misma casita de
palmas inolvidable, con el mismo piso de tierra,
las paredes de barro, un catre de madera
y un colchón hecho entre paja y gomaespuma…
un patio grande, lleno de árboles frutales,
con una abuela bella, llena de amor
y una madre y un padre cariñosos,
muchos hermanos, y un pueblecito campesino a la orilla de un río”

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