Te llora el mundo, Pana. El mundo entero te llora

Nunca te di la mano. Tampoco estuve jamás a menos de tres metros de distancia. Fui víctima feliz de la euforia y la alegría frenética que se desataba en cada lugar donde aparecías.

Recuerdos potentes y llenos de gritos y algarabía. En el 2006: corriendo al lado del “Tiuna”, desde donde saludabas y reías, con ese gesto que te borraba los ojos, de lo “chino” que eras. La gente corriendo a mi lado, gritando igual que yo, arrastrada por tu energía, igual que yo.

Luego, en el 2010, para un cierre de campaña, donde me colé dentro de tu círculo de seguridad, para fotografiar tu sonrisa y tu saludo desde el asfalto, desde donde se te veía imponente, inmenso, con la fortaleza de un pueblo entero saliendo de ti.

La última vez que te vi de cerca, me movía un mar de gente (como siempre que estabas tú): con lágrimas en los ojos, con flores en las manos extendidas hacia ti, escuchándote y gritándote palabras de amor profundo, aliento, apoyo. Ese día lanzábamos, todos junto a ti, el nombre de Miranda al espacio. Donde, junto con el de Bolívar, nos recordará por siempre el paso gigantesco que dimos en la Historia.

Nunca pensé que tendríamos que vivir este momento contigo. No se me pasó por la mente, aún en la incertidumbre más profunda, que tendríamos que acompañarte los millones que te amamos hasta el último destino de tu cambio de paisaje.

Hoy, el dolor por tu desaparición física es equivalente a la arrechera de perderte, de no poder escucharte de nuevo cantando, con lo mejor que daba tu voz, cualquier canción que te recordara tu juventud, tu lucha, tus pasos.

Ese “por ahora” quedó definitivamente convertido en “PARA SIEMPRE”. Pero no como creen las almas bajas, en quienes despertaste odio, de la misma intensidad de nuestro amor.

Es para siempre tu nombre, Hugo, grabado en nuestra lucha. Para siempre, el despertar de nuestras consciencias. Para siempre, y sin vuelta atrás, la fuerza devuelta a nuestro puño izquierdo.

Esa energía tuya, esa fuerza tuya. Infinita, indomable, Caribe, no se extinguirá. Como no se extinguen los espíritus recios que paren los pueblos que tienen la rabia y la risa acumuladas de siglos.

Tu “jijijí”. Tu grito de ira e indignación. Tu palabra constante y firme, coherente y aleccionadora, nos seguirá acompañando. No nos dejaremos quitar la memoria. Nunca más.

Que griten las hienas.

Que se alegren y festejen. Que brinden y bailen. Por ahora (de nuevo), las lágrimas, de dolor esta vez, son inevitables. Así Alí tenga razón: la pérdida de un hermano nuestro golpea donde más duele. Pero no por eso dejaremos de luchar. Aún con nuestros ojos anegados en llanto, defenderemos los pasos andados a tu lado y seguiremos caminando. Las hienas, bueno… esas, que se atengan a las consecuencias.

Mi mejor homenaje para ti, Chávez: hermano, amigo, camarada, pariente, paisano llanero.

El homenaje más grande: cada uno de mis pasos. Seguir construyendo ese camino que empecé cuando el trueno de tus palabras incendió mi alma.

A ti te debo una razón para luchar. Te debo el amor más grande que tengo. Te debo ese impulso para que mi andar tenga sentido.

Le diste cuerpo a una idea. Y las ideas, cuando cobran vida y fuerza, no mueren jamás.

No creo en cielos, ni infiernos. No creo en dioses, ni íconos. Por eso no dudo en creer que te quedas entre nosotros, con esa idea que construimos contigo.

Honor y Gloria al Hijo del Pueblo.

Ya estás aquí, hecho millones.

NUNCA TE FUISTE.

Movimiento Revolucionario Solidaridad.

 

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